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jueves, 6 de octubre de 2011

Toku, el gato

— “¡Miau, miau, miau!” –maulló Toku, el gato gris de Terámenes, el tipo gótico que vivía en la azotea en su desordenado cuarto oscuro y húmedo.
Se paseaba por la cornisa contoneándose con cinismo mientras los vecinos intentaban hacerlo callar con algún zapato que salía volando de alguna oscura ventana.
— “¡Miau, miau!” –repitió su maullido Toku, como para decirles a todos que no le habían pegado. De un saltito alcanzó la azotea vecina levantando las garritas con gracia, intentado no mojarlas en los charcos de la reciente lluvia.
Su figura regordeta se paseó con disimulo por la escalera de servicio, asomándose con descaro hacia el interior de los apartamentos en las ventanas abiertas del condominio. Estaba a punto de practicar un saltito más cuando le llegó la melodía desahuciada de un violinista ermitaño… – “¡Miau! Y dicen que yo molesto…” –maulló en su pensamiento Toku, el gato.
Uno, dos, tres saltitos más y aterrizó a lado del cochecito a control del chicuelo pecoso que todas las mañanas arrastraba su pequeña humanidad bajo el peso de una tirana mochila, aquel que una vez le pisó la cola cuando Toku hurgaba en el basurero callejero: – “¡Miauuu! Sí que me dolió”.
ba
Estaba a punto de arañar al atrevido cuando se volvió el rostro pecoso y le lanzó la mueca que Terámenes le había dicho que era una sonrisa. “Gatito, gatito... psss; por aquí gatito”.
Toku se dio cuenta que aquel chiquillo le ofrecía una galleta que se había sacado del bolsillo -un soborno barato. No estaba muy seguro, así que retrocedió un poco y se agachó, las orejas alerta y las garras en posición... “Psss, psss gatito... sabe a chocolate” –dijo el chiquillo mientras depositaba el bocadillo cerca de sus patas.
“No está bien que un minino que se respete acepte así como así el bocado que le ofrece un extraño” –maullopensó Toku. Pero un malestar en la barriga le indicaba que precisamente estaba en el basurero intentando encontrar el desayuno.
“Ni maullar” –se dijo. Con un movimiento ágil alcanzó el bocado y… “Miau, vaya que sabe bien… Miau, miau, ¿tienes una más? Qué difícil es hablar con los humanos”. El mozo aquel pareció entender el mensaje y del bolsillo se sacó una galleta más. La acercó lentamente a Toku, mientras que la otra mano se estiraba intentando alcanzar a Toku… “¡Niño, no se permite tocar! ¡Miau, tal vez una vez, pero dame la galleta!” Una mano acariciaba el espeso pelaje de Toku, mientras que éste devoraba la galletita… Qué ridículo se sentía Toku, estaba siendo acariciado por un chiquillo que le había ofrecido una galleta a cambio de haberle pisado la cola… Acababa de aceptar el soborno, y lo peor de todo era que empezaba a gustarle.
ba
Olisqueó un poco el patio en busca de algún bocadillo nocturno, esperaba con ansia encontrar un poco de acción, aunque a decir verdad no le importaría hincar el diente en esos manjares que los humanos a veces olvidaban por ahí…
Una vez más escuchó el lastimero violín que insistía rasgar el silencio nocturno, pero lo ignoró… Toku se movió ligero a la caza de la sombra que se deslizaba en la húmeda pared; parecía que al fin tendría que procurarse la cena y estirar sus miembros en una carrerita. Ya mañana el pecoso le dejaría como siempre un poco de leche y galletas detrás de la escalera…

öJ. B.

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