El ruidito atacaba como un cincel… como si alguien estuviera en la puerta tocando con insistencia y luego, sin más, cesó. Un chiquillo con un pitito en la mano se alejó corriendo.
Un gato gris se paseaba desenfadadamente por el pasillo zigzagueando entre los bloques y los juguetes hace años olvidados por chiquillos sin nombre... El espacio entre las paredes apenas era suficiente para que pasara salvando los obstáculos. Ni pensar cabría que algún mozuelo se internara por ahí tratando de recuperar aquellos tesoros que habrían caído de las ventanas y terrazas del edificio.
El miau en la cornisa se contonea ronroneando una melodía camino a la añeja y grisácea esquina donde se asienta la casa de barandales oxidados. Un minino amarillo se asoma entre la chatarra del viejo hospital y lame con delicada dedicación sus patas…
Todo mamífero doméstico conocedor sabe que en el veterano nosocomio la cena corretea por las estrechas veredas que se abren entre la nostalgia disfrazada de herrumbre acumulada.
Una camarilla gatuna se acopla con destreza en la serenata vespertina de maullidos. El sol baña su pelaje espeso en el baldío inundado de maleza, donde por costumbre se reúnen al ocaso. No hay sitio para canes aquí, la malla de alambre corroída se yergue como la muralla inexpugnable de un castillo.
Así es este paraíso, abrigado por ríos y lagunas, sazonado con la brisa del ponto y acariciado por los rayos del Sol. Arrullado en las tardes por el canto de sirenas huastecas de tostada piel…




















