Este el campo de beis de mi infancia. |
E |
n los días soleados la casa de la tía Neyo brillaba por la blancura de su encalado, situada en mitad de la cuadra destacaba por el espacio abierto en el frente… custodiado por los tres árboles de mango japonés que sus moradores mantenían enanos por el único propósito de que la cosecha aunque escasa fuera de gran calidad –y lo era. Un caminito flanqueado por jazmines y teresas conducía del zaguán de alambres hasta el corazón del predio, en donde se erguía orgulloso un enorme árbol de mango corriente, cuyos frutos eran la delicia del mozuelo recién llegado al hogar, que comía con avidez sentado en el montón de piedras que hacía las veces de pedestal de aquel hermano de hermosa fronda, que por cierto que su sombra no parecía ser muy del agrado del señor chirimoyo que crecía en el lindero oeste del terreno; frente a él compartía el espacio y el orgullo un pozo de piedra, de cuyas aguas bebía la familia entera, aun cuando escaseara el líquido en las fuentes de la ciudad.
En el pequeño espacio que quedaba entre el generoso pozo y el árbol un singular personaje había construido con material de palma y otates su remanso de paz y armonía, una casita que guardaba celosa en su interior las humildes pertenencias de su único morador: un catre, una hamaca, una vieja silla tejida de palma, una tosca mesa de madera y los utensilios propios de la faena campesina.
Un poco hacia el este la casa principal se ufanaba de sus humildes pero frescos y alegres materiales. Tenía el alma de palma y de otate, recubierta de zacate y arcilla vestida de la blanca cal; al frente dos puertas de madera pesada pintadas de color verde –que estaban precedidas de las útiles mosquiteras con resorte, cuyo chirrín encantaba tanto a los críos que recién se habían unido a la familia– eran fieles guardianes armados con sus goznes de acero. Su techo de dos aguas protegía con ayuda del tepanco (falso techo interior) a los habitantes del flagelo del dios Tezcatlipoca en aquellas latitudes tropicales.
Habían procurado un pasillo frontal pavimentado con choy y bordeado de innumerables macetas que eran el hogar de bellas y coquetas señoritas coloreadas, aunque claro está que no podían faltar las aromáticas señoras cuya utilidad básica estaba en la cocina.
Hacia el lado este, unos metros más allá de la cocina crecía en solitario un tamarindo, y bajo su sombra habían construido un pequeño pero fresco y agradable cuarto de baño pavimentado con losetas toscas de piedra de cantera. Este era el nuevo hogar que a los siete años me acogió con amor…
Días de lluvia
Estaba panza-abajo con la puerta de mosquitero atorada con una roca, afuera la lluvia tamborileaba en el techo de dos aguas de lámina de cinc… le gustaba observar las miles de gotitas que caían del tejado, las que en tierra formaban una hilera de agujeros, similares a pequeñas bocas.
Por la calle empedrada avanzaba penosamente doña Tina, la mujer del tendero, esforzándose por poner a salvo de la lluvia su rechoncha anatomía; más allá del campo de beis, en la casa amarilla, se agitaba la melena rojo zanahoria de Rafa, que siempre que llovía salía corriendo al patio en franco desafío a los gritos y reproches de doña… su abuela, que no tardaría en darle caza cinturón en mano.
No podía faltar el alegre goro goro goro que en conjunto y a todo pulmón cantaban las ranas doquiera que estuvieran, y por supuesto, desde su escondite bajo los bloques sueltos en el linde oeste, el aullido de Laika, la perrita pardi-negro que era la alegría de la casa desde hacía mucho tiempo.
En la cocina el agua hervía alegremente para el café de rigor de la tarde, mientras que en formación aguardaban las seis tazas para grandes, la tacita para él y un vaso pequeño que vaporizaba el té con leche para el correlón; sobre la mesa –junto al botecito color rosa que contenía el azúcar recién desempacada del costal del ingenio local– y a salvo de las manos livianas estaba el pan acabadito de hornear que la tía al amparo del paraguas había traído con premura…
Frente al televisor de caja, que sólo sintonizaba un canal de telenovelas y en blanco y negro, un viejecito gruñón se mecía en su sillón, era el abuelo. En la cocina dos mujeres y una muchacha chachareaban el nuevo chisme que doña Simo se había encargado de aderezar para la tía cuando escogía el pan.
En la calle, junto al zaguán, un hombretón calvo y un ranchero se esforzaban con pala y pico para hacer un bordo que evitara que el agua de la calle inundara el patio donde tres árboles enanos de mango extendían sus ramas muy ufanos. Así era un día lluvioso en casa de la tía, sabía que luego de las formalidades y del café podría salir al campo donde se reunirían los chiquillos vecinos para corretear entre las zanjas y presentar la acostumbrada batalla de lodo.
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